miércoles, abril 09, 2014

Por qué estamos como estamos

Hoy quería poner en Twitter que Gaitán había sido uno de los políticos más locos que había pasado por la historia de este país de políticos locos. Pero después pensé que si ponía un trino que dijera eso, iban a salir a acusarme de alegrarme de que hayan asesinado a Gaitán o me podrían tildar de ultrafachista.
Y ahí entendí que una de las muchas razones de por qués estamos como estamos es que perdimos la capacidad de entender que no estar de acuerdo no significa quererlo muerto. Y que el conflicto, la confrontación entre ideas y las posiciones políticas pueden ser fruto de debates largos, contundentes y seguramente maravillosos y no necesariamente de violencia. De hecho, cuando hay la posibilidad de discutir abiertamente sobre posturas y sobre política en general, la violencia deja de ser una opción. Así que aprovecho para decir por aquí, que tengo muchos caracteres disponibles para expresar una idea, que Gaitán estaba demente y que se abra el debate.

lunes, febrero 24, 2014

¿Uno cómo diablos decide por quién votar?

Este es un post para mi amiga Camila, que el sábado me dijo que odiaba hablar de política en frente de gente como yo porque la miraba rayado. No me había visto a mí misma como alguien que mirara rayado a la gente por no saberse el nombre de los ministros o por no saber por quién votar. Pero sí es cierto que mi casa es profundamente política. Estamos pendientes desde Boston Legal, hasta House of Cards, desde las elecciones presidenciales en Estados Unidos, hasta las atípicas en Yopal. Las peores peleas que he tenido con Alejandro son por temas políticos. Y también hemos tenido excelentes momentos alrededor de política: el día en que nació Ame fue el último debate televisado entre Obama y McCaine y lo vimos completico en el hospital mientras la recién nacida dormía plácidamente. Pero para la tranquilidad de Cami, así como sé de política (y Alejandro sabe mucho más, debo hacer esa aclaración), no tengo ni idea de música, el campo en el que ella se mueve como un pez en el agua. Por ejemplo, hasta hace poco creía que The Whitest Boy Alive tenía que ser P, el esposo zimbabuense de MP o en su defecto mi cuñado James y no supe de Bruno Mars hasta hace 15 días. Mi iPod da pena y en mi carro hay CDs de canciones de niños y uno de Franco de Vita del 96. Y así como espero una asesoría de Cami para mejorar mi repertorio musical, decidí el sábado escribir una pequeña guía para decidir por quién votar. En este caso no voy a dar nombres propios, pero sí unas pautas para que cada quién escoja a su gusto.

1. Predecible y consistente es bueno. Uno debería votar por alguien que uno sabe qué posición va a asumir en los diferentes escenarios posibles. Un congresista ideal tiene que ser predecible y consistente. La consistencia en este caso es una señal de que la persona sabe qué está haciendo y tiene claro qué quiere y para dónde va. Por eso me preocupan los candidatos que izan orgullosamente la bandera de la "apolítica". Prefiero por el contrario uno que tenga una posición política definida y clara. Un buen termómetro ideológico es ver cuál es la posición del candidato frente a los temas de libertades individuales (aborto, matrimonio igualitario, adopción igualitaria) y el tipo de control político que han hecho (es decir qué debates han organizado como congresistas o qué tipo de debates planean hacer).

2. ¿A mi sí me importa eso? Uno tiene que identificar cuáles van a ser los temas álgidos de las discusiones en el Congreso del periodo para el que va a votar y saber cuáles le importan y cómo le gustaría que su congresista votara en los diferentes escenarios. Por ejemplo, en el próximo periodo va a haber discusiones grandes sobre temas que se quedaron en el tintero en este: reforma a la justicia, reforma a la salud, reforma al sistema pensional. Depende de qué piense uno sobre estos temas, debería votar por alguien que esté de acuerdo con uno. Va a haber reformas políticas de fondo: están proponiendo la eliminación de la reelección y de la figura del vicepresidente. Por ejemplo, yo estoy de acuerdo con la primera y no necesariamente con la segunda, así que me interesa un candidato que sepa que va a votar a favor de la eliminación de la reelección. Si uno tiene intereses específicos, debe buscar candidatos que piensen igual que uno en esos frentes. Por ejemplo, si está en desacuerdo con los TLC, pues busque alguien que no solo tenga propuestas proteccionistas sino que no haya votado a favor de estos tratados en el pasado. Para mí un candidato anti TLC sería nefasto, pero eso es cuestión de gustos.

3. Un poco de "stalkeo". Uno tiene que hacer un chequeo mínimo de antecedentes. Una pasadita por la Misión de Observación Electoral, por la búsqueda de la media naranja política en La Silla Vacía (http://lasillavacia.com/elecciones) y por Congreso Visible no sobran. Si usted no tiene tiempo o no le interesa dar ese paso extra, por lo menos busque en Google el nombre de su candidato+parapolítica, o +corrupción o +carrusel para estar seguro de por quién está votando.

4. No siempre es cuestión de colágeno. Cuidado con los delfines y los "jóvenes". No porque un candidato sea modelo 80 significa que valga la pena. Hay muchos candidatos que han usado la bandera de la juventud para llegar al Congreso para hacer lo mismo de siempre o incluso peor.

5. Que hagan la tarea. Si es un candidato que ya ha sido congresista, revise su asistencia a las comisiones. ¡Imagínese votar por un tipo que se gana más de 24 millones de pesos de sus impuestos y no va a trabajar! Si no, pregunte por ahí si el personaje es juicioso. La hoja de vida puede ser un buen proxy para saber eso, pero acuérdese que ahí puede decir cualquier cosa.

6. El partido importa pero no determina. Revisen con cuidado el partido al que pertenece el candidato por el que planean votar y por quién esta rodeado. Uno no solo vota por un candidato sino por la lista entera. Es decir, su voto va a determinar no sólo si su candidato queda, sino cuantos candidatos de esa lista salen. No hay ni una sola lista totalmente limpia, así que en este caso hay que hacer un ejercicio de pesos y contrapesos.

7. Voten. Votar es muy importante. No importa qué tanto guayabo tenga, si se quiere quedar en la cama, si cumple años su mamá, si tiene que entrenar para la maratón, si le salió un paseo a tierra caliente y quiere broncearse: votar es probablemente más importante que cualquier otra cosa y por mal que le vaya, no toma más de una media hora.  Ah, y no se les olvide aprenderse el número y el partido del candidato por el que van a votar antes de llegar al puesto. Los tarjetones son una ladilla y es mejor saber desde antes qué diablos va a hacer.

Ojalá esto sirva de algo...

martes, enero 14, 2014

Una historia de cobardía

Ayer salimos a caminar A y yo. Antes tuvimos la misma discusión de todas las veces que salimos a caminar. Yo siempre quiero caminar por deporte, con tenis y botella de agua y él siempre quiere hacer caminatas contemplativas, fumando y charlando. Logramos un acuerdo que nos servía a los dos. No íbamos a ir ni rápido ni despacio y la meta era llegar a Carulla a comprar unas manzanas para que la caminata tuviera un fin más allá de la caminada misma. A por supuesto se fumó uno o dos cigarrillos y yo por supuesto hice todos los esfuerzos por apretar el paso. Nuestras preocupaciones sobre la casa, el colegio, unas vacas que vamos a comprar y los planes de este año eran infinitas, y duramos unas buenas cuadras haciendo planes y sacando cuentas. Hasta que llegamos a la 86 con 11 y vimos como una mujer se botó al piso en posición fetal y comenzó a gritar. No dejaba que nadie se le acercara y solo gritaba que la vida en la calle era muy dura y que no podía más. No sé si me lo inventé, pero creo recordar que también gritó que no dijeran que la iban a ayudar si ni siquiera le iban a dar trabajo.

Nuestra cobardía no nos dejó acercarnos a la señora, pero sí para llamar al 123, cómo si eso fuera a solucionarle la vida. Un motociclista valiente parqueó su moto en frente de la señora para protegerla de los carros que cruzaban de la 11 hacia la 86. Rápidamente llegó un policía a encargarse de la situación y nosotros, como buenos ciudadanos autómatas, decidimos que nuestra responsabilidad llegaba hasta ahí. Lidiar con una señora en crisis botada en la calle era una tarea para los policías y nosotros habíamos cumplido nuestra misión quedándonos mirándola mientras llegaba alguien, como si tuviéramos una especie de mirada poderosa y protectora y como si nuestra angustia de 5 minutos mientras llegaba el policía era suficiente para decir que habíamos cumplido algún tipo de deber.

Caminamos unas cuadras más, compramos las manzanas y unos arándanos porque se veían deliciosos y dimos la vuelta. El regreso fue más contemplativo porque las eucaliptas de la 11 están florecidas y con la luz de los faroles las flores se veían preciosas y solo mencionamos el incidente de la señora un par de veces como una anécdota más. Pero hoy estoy teniendo fantasías de culpa como que debí de traerme a la señora para la casa, tal vez contratarla para hacer algo y arreglarle la vida. Al fin y al cabo, yo he tenido mucha suerte en la vida y ya con lo que soy, mis chances de llegar a la calle son inexistentes, al menos de que me vuelva adicta al bazuco o algo por el estilo, y por ende, mi obligación es ayudarla. Lo particular de esas fantasías es que son las mismas que tenía a los 8 años, cuando quería llevar a todos los "niños pobres", dicho con voz de reina de belleza, a mi casa para que se bañaran y jugaran con mis juguetes, porque eso les iba a solucionar la vida y porque claro, yo "era muy buena" y eso me iba a consagrar como alguien digno de hacer la primera comunión. Demasiados videos para ser atea hija de ateos... 

Racionalmente sé que no puedo contratar a la señora porque ni necesito contratar a nadie ni tengo la plata para hacerlo. Tampoco podía llevar a una señora en plena crisis psicótica a mi casa, así fuera para que se bañara y jugara con mis juguetes. Lo particular es que después de haber pensado en esas posibilidades, la llegada del policía fue suficiente para que yo sintiera que había cumplido mi deber al decirle a A que llamara al 123, me desentendiera de la señora y siguiera mi camino hacia el supermercado.

lunes, octubre 28, 2013

Mentiras verdaderas

Uno de los miedos más grandes que tengo es despertarme un día y darme cuenta que soy realmente un paquete chileno. Que no soy más que un montón de mentiras. Peor aún, que se trata de mentiras que fabriqué y me creí. Toda una impostora.

viernes, noviembre 30, 2012

Coleccionar y recordar



La obsesión de los seres humanos por ser recordados siempre me ha obsesionado y los museos son la máxima expresión de esta ilusión. Yo estudié historia porque quería trabajar en un museo. En ese momento, estaba fascinada por los  objetos que guardaban las personas en edificios grandilocuentes para recordar el pasado y enaltecer el arte y me imaginaba trabajando en el Louvre cuando grande. Y claro, cuando uno tiene dieciocho años puede impresionarse muy fácilmente con que tengan medio Partenón en la mitad de Londres. 

Ya en la Facultad de Historia entendí que detrás del proceso de acumulación de objetos hay otras historias que contar. Por ejemplo, la de una nación que desea reforzar los cimientos de su existencia, llevando su mito fundacional hasta el Tigris y el Éufrates o hasta tan lejos donde pudiera hacerlo con el fin de construir un pasado digno de un imperio. También está la historia de una nación que ya no es imperio pero que conserva los objetos y el museo como recuerdo de lo que fue y del poder que sigue ejerciendo. Y por supuesto, también está la historia de unos académicos que deciden qué y cómo hay que recordar el pasado y organizan esos objetos de una forma u otra. Finalmente, también está la historia de los visitantes, muchas veces turistas, que se pasean por el museo e interpretan esos objetos desde sus propias vidas.

Si bien cada vez estoy más lejos de ese sueño adolescente, sigo visitando museos con fascinación tratando de ver qué tipo de realidad quieren representar. La semana pasada estuve en el castillo de Bamburgh, en la frontera de Inglaterra con Escocia, en el que debido a que las cosas realmente finas están en una casona más cómoda a algunas millas del castillo o en un apartamento en Londres, habían expuesto en vitrinas las vajillas completas, un par de armaduras y las escopetas de cacería de alguien que había vivido allí. Yo, como tercermundista, estaba impresionada de todas maneras. Caminé los corredores en silencio, con las manos atrás de la espalda, con una especie de respeto solemne. Al fin y al cabo, las vajillas de porcelana con dibujos de pájaros y las escopetas de cacería son elementos tan exóticos para mí como lo son de cotidianos para los ingleses. Las historias de glorias pasadas, en cambio, si me parecieron extrañamente familiares. 

Hace unos años estuve en un pequeño museo en Paraty, en Brasil, en el que habían recogido objetos de las familias de pescadores de la zona con el fin de darle a los visitantes del lugar una mirada a la vida cotidiana de la región. Las familias podían entregar los objetos que quisieran, así que había desde fotografías de la familia y documentos de archivo, hasta redes de pescar, juguetes de niños y utensilios de cocina. Los curadores habían hecho un trabajo muy especial juntando todos los objetos que entregaron las personas para narrar una historia coherente. El museo era un lugar colorido, alegre, vibrante y familiar. Contrario a muchos museos que tienen que hacer esfuerzos extraordinarios y a veces artificiales para que la gente se divierta, aquí uno entraba e inmediatamente caminaba al ritmo de los objetos expuestos. No recuerdo que hubiera música, pero sí mucha cadencia. Se trataba de un alegre museo del presente. 

Me encantan las propuestas del Museo Nacional de recoger objetos de la historia reciente colombiana, algunos de los cuales han sido muy controversiales, como el poncho de Tirofijo. Como no teníamos ni los recursos ni las pretensiones de  unirnos al saqueo imperial que alimentó los grandes museos del mundo, hicimos lo propio con lo que teníamos a la mano. Unas piezas de oro de por aquí, otras piedras de por allá, un poco de arte religioso, otro poco de arte moderno. Ahora, en un nuevo viraje, por el panóptico han pasado camisetas de jugadores de fútbol memorables, Grammys y otros objetos que hablan de la nación que estamos construyendo. Pareciera que esos objetos no tienen mucho en común pero para uno, que sabe qué significan pero no puede explicarlo, tienen sentido, así no los entienda. Me encantaría poderme quitar el vestido de colombiana para poder pasearme por el Museo Nacional con la mirada de un turista, como lo hice en Bamburgh y en Paraty a ver si entiendo lo que realmente hay detrás de esos objetos. Definitivamente haría que mi trabajo como historiadora fuera más fácil. 

miércoles, noviembre 21, 2012

Redes y reflexión en la Fundación Social



La organizaciones jesuitas siempre han llamado la atención de quienes estudian la administración. Un amigo decía en forma de chiste que ese éxito se debía a que, como los planeadores, los jesuitas sabían que tenían que tener una ala en cada lado, y por eso manejaban con tanta gracia entidades como el CINEP, hacia la izquierda y la Pontificia Universidad Javeriana, un poco más a la derecha. Otros, un poco más serios, afirman que el éxito se debe a una fórmula infalible de liderazgo que mezcla la disciplina militar, la mística religiosa y una gran capacidad de innovación. De hecho, se han publicado varios best sellers sobre esto que después de un rápido furor comercial, caen rápidamente al olvido. El caso de la Fundación Social, estudiado juiciosamente por un grupo de profesores e investigadores de la Universidad de los Andes, muestra que si bien las intuiciones anteriores son parcialmente ciertas, la fórmula es mucho más compleja*. Incluso, a partir de la lectura del libro Lo social y lo económico: ¿Dos caras de una misma moneda? escrito por Dávila, Dávila, Grisales y Schnarch el año pasado, podríamos concluir que la verdadera receta está en la capacidad de la organización de pensar sobre sí misma. Es decir, de reflexionar, actuar y volver a reflexionar sobre la actuación y en la de tejer redes bastante poderosas.

La Fundación Social, el grupo empresarial dueño de varias entidades financieras que incluyen el Banco Caja Social y la fiduciaria Colmena, fue fundada por el padre Campoamor hace más de cien años con el objetivo de luchar contra las causas estructurales de la pobreza. La organización surgió del marco de los Círculos de Obreros de la época. Un siglo después, esta organización, que puede describirse según los autores del estudio de caso mencionado como una fundación con empresas y no como una empresa con fundación, ya no está regida por los jesuitas, pero sigue manteniendo el objetivo y el espíritu con los que fue fundada.  Sus planes estratégicos todavía siguen la lógica de la reflexión, acción, reflexión que impusieron los jesuitas, la noción de la responsabilidad pública de los actores privados está a la orden del día y el objetivo no ha cambiado. De hecho, la junta directiva de la organización, que cumple con las funciones estratégicas normales de cualquier junta que haga bien su trabajo, le sigue responde a una instancia más alta, encargada de pensar en la coherencia de la organización y en que efectivamente la reflexión sea parte del día a día gerencial. 

La insistencia en la reflexión-acción-reflexión, que seguramente le suena a pesadilla a más de un administrador, se debe por una parte a que la receta ha funcionado exitosamente. No en vano la Fundación Social es una de las organizaciones financieras más antiguas del país. Pero por otra, se debe a que los jesuitas, al estar a cargo de muchas de las instituciones educativas por las que pasa la élite colombiana, no necesitan de una empresa cazatalentos para reclutar los gerentes que mejor pueden acomodarse al tipo de organización que fundaron. Muchos de sus gerentes no solo son cercanos a los jesuitas por razones personales, sino que fueron formados en sus aulas. Incluso desde niños. Cualquier persona que haya tenido un maestro que lo haya marcado en el colegio sabe el poder que puede tener esto. Esto les ha permitido tejer una de las redes más sólidas y poderosas del país y asegurarse que de ahí, puedan siempre tener cerca a las personas mejor preparadas, dentro de lo que les interesa, para manejar sus organizaciones. Esto es tan así, que una década los jesuitas dieron un paso al lado en la Fundación Social y esta no solo no ha cambiado su rumbo, sino que los laicos que ahora están a cargo han reafirmado que el norte de la organización sigue siendo el mismo que le imprimió Campoamor. 

*Dávila L. de Guevara, J. C., Dávila L. De Guevara, C., Grisales Rincón, L. A., & Schnarch González, D. (2011). Lo social y lo económico: ¿Dos caras de una misma moneda? La Fundación Social y sus empresas (1984-2010). Bogotá: Ediciones Uniandes, 275 pp.

Publicado inicialmente acá: http://www.eltiempo.com/blogs/economia_domestica/2012/11/redes-y-reflexion-en-la-fundac.php

miércoles, noviembre 14, 2012

Caca de perro

Supongo que todas las obsesiones son con cosas pequeñas. Las grandes no despiertan ese tipo de pasiones. Yo me obsesioné con los ratones que viven en mi casa. Soñaba con ellos dormida y despierta. Me imaginaba que si llegaba a regresar a la casa a una hora inusual, me los iba a encontrar desbaratando la casa. Porque claro, cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta y encima,  porque los ratones saben la hora conocen mi horario perfectamente. Les compré trampas y rezaba para que no cayeran. Lo único peor que convivir con los ratones era encontrarme sus cadáveres atrapados en un resorte o peor aún, verlos agonizar en un charco de pegante. La obsesión se me pasó cuando entendí que no podía hacer nada al respecto. Mi mamá lo dijo mejor que nadie en el mundo "téjales suetercitos y deje de joder". Después me obsesioné con la basura de mi oficina, que siempre sacaba yo, pero se me pasó rápido.

Mi última obsesión es un bollo de caca de perro que apareció enfrente de la puerta de la casa del vecino.  He seguido todo el proceso desde el día en que apareció, hace una semana, hasta hoy, cuando el vecino le echó agua y quedaron los pedacitos regados por toda la acera. En el intermedio, trató de correrlo con el menú de un pizzería que ofrecía descuentos a estudiantes. Durante días, el bollo estuvo ahí sentado, con el menú incrustado en la mitad. Ayer, Amelia se cayó saliendo de nuestra puerta y por poco cae encima del bollo con menú. Las dos sufrimos mucho, pero yo sufrí más que ella a pesar de no haber sido la accidentada.

Quisiera entender en qué estaba pensando mi vecino cuando decidió que echarle agua al bollo y esparcirlo por la acera era una buena idea. Tal vez pensó que las personas iban a ir pasando y se iban a llevar los pedacitos de bollo pegados a sus zapatos. Claro, no sin antes soltar un madrazo. O tal vez pensó que el bollo iba a llegar eventualmente a la calle, pero no hizo la tarea suficientemente bien como para que eso pasara. Aunque creo que en verdad estaba pensando que el agua iba a hacer que el bollo desapareciera mágicamente. Llevo 20 minutos sentada en las escaleras de mi casa, con la puerta abierta, tiritando del frío y mirando el andén. Supuestamente estoy esperando una caja del ron de Laura que debe de estar llegando entre las 10:24 y las 11:24, pero en verdad estoy viendo pasar la gente, a ver quién va a ser el infeliz que se va a llevar uno de los pedazos de bollo en su zapato.

Nunca había estado en mi casa de Hull a esta hora y entendí por qué. Espero que el cartero llegue rápido y yo pueda devolverme a la oficina, ojalá sin llevarme en el zapato un pedazo de la mierda del vecino.
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El ron llegó a las 11:57.

martes, noviembre 13, 2012

Trapitos al sol que no son noticia

Las discusiones entre los directivos de las organizaciones públicas y privadas y sus departamentos de comunicaciones son eternas y difíciles. Los primeros creen que ese maravilloso suceso que tanto les conviene divulgar merece la primera página de todos los periódicos y los segundos saben que eso no va a pasar. Los comunicadores dentro de las organizaciones saben las buenas noticias no suelen ser noticias y están conscientes de que en un país en guerra con una situación política tan compleja, la mayoría de la información que producen las empresas, y en especial todas las relacionadas con sus magnánimas campañas de responsabilidad social, no llama la atención de los periodistas. Y pues claro, los empresarios no están interesados en ventilar sus trapos sucios y los periodistas tampoco lo están en investigarlos. Los primeros, además de lo que deben reportar por ley según el tipo de sociedad que sean, no tienen la obligación de hacer pública su información privada y los segundos no necesariamente quieren morder la mano que les da de comer.

Todo esto funciona divinamente hasta que se quiebra el sistema. Por ejemplo, hace un mes Daniel Pardo hizo público que Kien y Ke publicaba reportajes pagados Pacific Rubiales sin el sello de “publirreportaje” llevando a que, ahora sí, los periodistas se preguntaran por la relación entre los millones y millones pagados por esta petrolera en publicidad a otros medios de comunicación y el tipo de noticias que divulgaban sobre la compañía. Más recientemente, en un acto entre valentía e ingenuidad, Vladdo publicó un trino diciendo que había rumores de que Interbolsa estaba ilíquido, echando la última gota que se necesitaba para que se derramara espectacularmente el escándalo sobre el que se cotilleaba desde hacía semanas en los baños turcos de los clubes privados y que cada día que pasa comienza a oler más a estafa.

Además de los medios especializados, que por lo demás también pecan de falta de investigación, el periodismo económico se enfoca en temas públicos en el más estricto sentido de la palabra, y dependen de datos del Banco de la República y del DNP para nutrirse, relegando la esfera de lo empresarial a replicar información de analistas o, en el peor de los casos, a publicar casi textualmente comunicados de prensa enviados por las empresas para llenar espacio. Y así, como los periodistas no están pendientes de qué tipo de decisiones se toman en los gremios, cómo están conformadas las juntas directivas y qué tipo de alianzas se están haciendo, por nombrar solo tres aspectos de las empresas que se pueden estudiar con información accesible para todo el mundo, no están preparados para atar cabos o intuir ventarrones. Pecando de antipática lucidez a posteriori, si un periodista hubiera estado revisando con juicio el movimiento de las acciones en la BVC no se le habría pasado el raro comportamiento de las acciones de Fabricato. Y si además el periodista en cuestión supiera algo del sector textil y manufacturero y tal vez algo de historia empresarial, se habría dado cuenta de que había algo raro mucho antes de que se derramara la copa. Algunos analistas sí lo estaban haciendo y alcanzaron a sacar su plata a tiempo. Incluso algunos más precavidos sabían desde el principio que ahí no se podía invertir.

Mi invitación a que los periodistas cubran los temas empresariales como lo hacen con algunos temas políticos y gubernamentales no soluciona las discusiones entre gerentes y comunicadores sobre qué es una noticia, pero definitivamente le da a los periodistas independencia y libertad para que ellos puedan decidirlos solos. Conocer cómo y por qué se toman decisiones en el sector privado no solo no es imposible, sino que es indispensable y forma parte de la función social de los medios de darle a su público elementos para comprender mejor la realidad. Finalmente, informar adecuadamente sobre las decisiones del sector privado es un paso indispensable para reconocer que lo público, que burdamente se puede definir como lo que nos concierne y afecta a todos, no se limita exclusivamente al Palacio de Nariño.  


Publicada inicialmente acá: http://www.eltiempo.com/blogs/economia_domestica/2012/11/trapitos-al-sol-que-no-son-not.php

martes, noviembre 06, 2012

Los niños y las instituciones, el regreso


W. Richard Scott*, uno de los más célebres teóricos del institucionalismo, señala que existen tres tipos de instituciones: las regulativas, las normativas y las cognitivas. Las instituciones regulativas son aquellas que se expresan en reglas, leyes y normas, que tienen una función instrumental y cuya legitimidad está basada en las sanciones. Las instituciones normativas son las que tienen su origen en la obligación social. Funcionan en la medida en que las personas se apropien de esas normas y le den valor a los certificados, acreditaciones y demás sellos de garantía que las autentican. Este tipo de instituciones tienen un origen moral. Finalmente, las instituciones cognitivas son todas esas pautas de comportamiento que damos por hecho y que no cuestionamos. Las adoptamos imitando el comportamiento de las demás personas y están fundamentadas en la cultura. Son todas esas pautas que consideramos correctas porque sí y que no cuestionamos porque no se nos ocurre hacerlo. 

Las instituciones, por supuesto, son construcciones sociales y parte del proceso de educar a un niño es enseñarle a vivir dentro del marco de estas reglas de juego. Las instituciones cognitivas las aprenden los niños al vernos mover por el mundo. Su efectividad reside precisamente en que no las enseñamos explícitamente sino que las transmitimos a través de nuestro comportamiento. Es precisamente por no tratar de enseñarlas directamente que los niños--casi siempre--las aprenden tan bien. Sin embargo, la enseñanza de las instituciones normativas es un poco más compleja porque casi siempre es explícita. Contrario a lo que quisieran pensar muchos fanáticos religiosos, "la moral" no viene en el código genético. Los niños van aprendiendo qué es lo que consideramos moralmente apropiado y a través del sello autoritario de nuestra aprobación van comenzando a comportarse como nosotros quisiéramos que lo hicieran. El territorio de disputa de las instituciones normativas es más amplio de lo que uno pensaría y todas las peleas que incluyen a un papá  diciendo "¡Cómo se te ocurre!" están en este plano. Les contaré en unos diez años, pero me imagino que la mayoría de las discusiones de los papás con sus hijos adolescentes se dan aquí.   

El gran campo de batalla con los niños más pequeños, no obstante, está en territorio de las instituciones regulativas: la hora de dormirse, la hora de vestirse, la hora de comer, etc. Mi experiencia ha mostrado que las pequeñas reglas del día a día funcionan en la medida en que uno  las haga parecer instituciones normativas y le dé un estatus profundo a la cotidianidad estableciendo rituales que la legitiman. El ejemplo perfecto de esta situación es el baile sagrado de la piyama, los cuentos y el beso de las buenas noches a la hora de dormir.  Una institución regulativa sencilla como la hora de dormir gana peso en la medida en que uno le de estatus de obligación social. 

Los niños aprenden muy rápido cuáles son las instituciones normativas y regulativas y parte del proceso de crecer saludablemente es tantear el terreno: ir viendo hasta dónde pueden estirar las reglas y hasta dónde pueden ir conquistando territorio sin que el adulto a cargo se desespere o su pequeño mundo se caiga en pedazos. Lo raro es que a pesar de esta rebeldía natural, los niños también son muy sensibles a los cambios institucionales. Es decir, a los cambios en las reglas de juego de sus vidas cotidianas. 

Un ejemplo clarísimo de esta sensibilidad ha sido la entrada y la salida del colegio de mi hija. Ella entendió rápidamente que contrario a lo que sucedía en Bogotá, dónde la hora de entrada y salida era fija, estaba determinada por un bus que la transportaba y sobre el cuál sus papás no tenían control alguno, la entrada y salida de la guardería en Inglaterra depende exclusivamente de a qué horas quiera yo dejarla y recogerla. Así, mis súplicas desesperadas de "Apúrate que nos cogió la noche" que formaban parte de nuestra cotidianidad matutina dejaron de tener sentido y la hora de recogida del colegio se volvió un tema de negociación. Mi hija está absolutamente consiente de que si la recojo tarde es porque preferí quedarme trabajando en vez de pasar la tarde con ella y sabe que me siento mal cuando lo hago. En términos de Scott, sabe que al aprovecharme de la flexibilidad de la institución regulativa de la hora de recogida de su colegio, estoy poniendo a tambalear la institución normativa que determina cómo considero yo que debe portarse una buena mamá y toco las fibras de la institución cognitiva de mi absoluta e indiscutible responsabilidad sobre su bienestar.

La forma como los niños van comenzando a jugar bajo las reglas de la vida cotidiana, es decir, las instituciones, es un recordatorio de dos cosas aparentemente contradictorias pero que deben coexistir para que la vida en sociedad sea armoniosa. Primero de por qué las instituciones son esenciales para que podamos vivir en comunidad y segundo, de por qué es necesario tener conciencia sobre las instituciones para poder cuestionarlas en el momento en el que dejen de cumplir su papel. Ojalá logre transmitirle a mi hija la institución cognitiva más importante de todas, que dé por hecho que nada se puede dar por hecho.

* Scott, W. R. (1995). Institutions and Organizations. Thousand Oaks: Sage Publications.

En Twitter: @CristinaVelezV

martes, octubre 30, 2012

Los niños y las instituciones

Ame entendió rapidamente que la hora en la que se acaba el colegio en Hull depende de mí y no del colegio, contrario a lo que sucede en su colegio de Bogotá, donde la hora de salida es fija y determinada por la entidad. Ha sido duro para nuestra relación ya que tiene absoluta conciencia de que cuando la recojo tarde es porque preferí quedarme trabajando en vez de pasar la tarde con ella. Por supuesto, ha llevado a que la hora de la recogida se vuelva un tema más sobre la mesa; rápidamente entendió que se trata de algo flexible y que está sujeto a negociación y que ella puede usarlo para conseguir cosas. Por ejemplo, hace unos días me dijo que si la dejaba irse disfrazada, se quedaba hasta más tarde "feliz". Se fue vestida de Mérida, con arco y flechas incluídos.
A mí, obviamente se me mueven las fibras más profundas de la maternidad, sobre todo cuando sé que su mejor amigo del jardín es un niño autista, porque es el único otro del salón que no habla inglés (ni nada) y que claramente Ame está por fuera de su zona de confort. Es cierto que el hecho de que se haya adaptado a estas condiciones adversas como pudo habla bien de ella, pero a uno no deja de arrugársele el corazón.
Hoy me mató cuando me dijo con ojos suplicantes que por favor la recogiera después del almuerzo. Le dije que sí, pero cuando iba saliendo por la puerta del jardín, salió corriendo y me aclaró. "Mentiras mamá, más tardecito. Recógeme después del postre".

De la cortesía a la igualdad


Una amiga me advirtió, con algo de ingenuidad, que la noción de igualdad de género era tan profunda en Inglaterra, que no debía esperar ningún tipo de ayuda para subir una maleta pesada o para que me cedieran el puesto a mí o a mi hija en el bus, el tren o cualquier otra parte. Después de tres meses de vivir en Inglaterra, con la única compañía de una niña de cuatro años, puedo decir que mi amiga estaba equivocada, en Inglaterra todavía falta mucho camino por recorrer en el debate por la igualdad de género. 

Tenía razón en que no debía esperar gestos de cortesía de extraños, pero a veces, y muy felizmente, alguien aparece para sorprenderlo a uno. A menudo me he visto empujando un coche--con una niña de 15 kilos encima--jalando una maleta y cargando un morral, mientras jóvenes saludables pasan a mi lado sin inmutarse, concentrados en cogerle la mano a su novia o no quemarse con su café recién comprado. Pero ese no es un problema de género, es un problema de cortesía. Tan es así que hace unos días una bellísima mujer que cuenta con mi eterno agradecimiento me ayudó a subir el coche de mi hija desde la plataforma del metro hasta la calle. Era una de esas plataformas que están cerca del noveno círculo del infierno y ella me dio una mano mientras subíamos lo que parecían millones de escalones.

Pero no tenía razón en que todavía los temas relacionados con la sexualidad se manejan en términos diferentes cuando se trata de hombres o de mujeres. Hace unas semanas pararon el tren en el que iba para bajar a cinco señores. Ellos venían de un partido de fútbol en el que aparentemente había ganado su equipo y claramente estaban pasados de copas. Supe que estaban diciendo groserías porque la señora que iba a mi lado se paró furiosa a decirles que tuvieran cuidado con lo que estaban diciendo, que en el tren había niños, refiriéndose a mi hija que estaba a mi lado sin inmutarse con lo que estaba pasado. Me enteré después que la gota que rebosó la copa fue un chiste con alto contenido sexual que tengo que confesar que no entendí. El acento de Yorkshire todavía se me escapa. La señora los denunció ante las autoridades y las autoridades le hicieron caso. El tren se demoró treinta minutos mientras bajaron a los señores e hicieron preguntas. Nadie dijo ni una palabra en el resto del recorrido.

Hace una semana pasó algo similar pero con consecuencias diferentes. También había un grupo de personas borrachas en el tren. En este caso las personas llevaron su entusiasmo etílico más allá que los del primer tren. Hubo desnudez, concurso de eructos y cosas que no puedo describir sin tener que poner un aviso de "exclusivo para mayores de 18". La gran diferencia con el grupo de la semana anterior es que eran mujeres y que, tal vez por eso, nadie las denunció. Incluso, el conductor les preguntaba maliciosamente cómo iban las chicas necias del tren cuando pasaba en frente de ellas y ellas a su vez le pegaban nalgadas con las botellas de cerveza. Él se reía, ellas se reían aún más y los demás suspirábamos de la desesperación. El tren no tuvo demoras pero el viaje fue eterno.

Estos ejemplos muestran que no es que mi amiga no haya entendido bien el problema de género, sino que la igualdad de género es una noción que no nos hemos acabado de inventar. Si el que se hubiera quitado los pantalones fuera un hombre y no una mujer, el tren habría parado en seco sin importar dónde estuviéramos. Si en vez de haber sido una mujer pegándole unas nalgadas a un conductor hombre, se hubiera tratado de un hombre pegándole unas nalgadas a una conductora mujer, la cosa habría llegado al periódico. Tal vez a la primera plana. Pareciera como si estuviéramos muy bien entrenados para identificar las agresiones sexuales de hombres a las mujeres hasta el punto de confundir la patanería y la descortesía con violencia sexual y dejamos pasar las agresiones de género femeninas más evidentes. Claramente esto no significa que las agresiones sexuales de los hombres no sean gravísimas, si no que las de las mujeres también lo son. Sobre todo, significa que la igualdad debe pasar porque se le exija respeto a todo el mundo y que midamos las agresiones con la misma vara.

Es posible que en un par de generaciones las mujeres evolucionen en criaturas que pueden empujar coches con una mano, cargar maletas con la otra y dar compota con la tercera, pero por el momento, hay que concentrase en entender con claridad los diferentes escenarios para aprender de esta situación y tal vez lograr una convivencia más amable. Por un lado, hay dejar claro que las agresiones de género, y en particular las agresiones sexuales, son ofensivas tanto en hombres como en mujeres, que en Colombia, en el norte de Inglaterra o en cualquier lugar del mundo y que hay que denunciarlas en ambos casos. Sin embargo, también hay que entender que dejar de ayudar a alguien que está encartado con un bebé, una maleta o una guitarra, no es un asunto de género, sino más bien uno de cortesía y que confundir la descortesía con la igualdad de género es una canallada que enaltece la patanería y simplifica el debate. Al fin y al cabo, ¿usted, lectora mujer, no ayudaría a un hombre que está encartado con un bebé en un coche, una pañalera y un café hirviendo tratando de subir unas escaleras?

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PD: Sé que había dicho que iba a escribir sobre la educación como marcador de clase, pero la entrada está todavía en construcción. Tal vez será la de la próxima semana. O de la que le sigue. 

En Twitter: @CristinaVelezV